Hoy les hablaré con detalle de lo que viene siendo un auténtico Irish Breakfast, ya que ha conseguido que le dé una oportunidad a la cocina irlandesa y hacerme pensar que, después de todo, tal vez nuestras costumbres gastronómicas podrían mejorar mínimamente con esto para convertirse ya en sublimes.
Para que se den cuenta de hasta qué punto este desayuno es todo un evento en sí mismo, les diré que en mi "familia" contribuyeron en su preparación tanto la madre como el padre, que había una hora fijada para el banquete, y que estaban invitados a él los padres de Rachel (la madre) y una tía suya. Realmente no me cabe en la cabeza que se le pueda invitar a nadie a un lunch (podría ser la cosa más triste y breve que hayamos visto nunca), pero tampoco me imaginé que pudiese tener tanto bombo un desayuno. Después de lo visto (y sobre todo, degustado y engullido), se lo tiene merecido.
Tal vez ustedes se piensen que no será para tanto, o al menos que sí, que puede que sea un buen desayuno pero que ya está. Sin embargo les diré que hay que ponerse en situación y entender que aunque aún no estamos sufriendo las peores fases del hambre a las que seguramente nos veremos expuestos, en un par de días hemos podido comprobar que las comidas irlandesas no se caracterizan por su abundancia precisamente.
Con esto puede que entiendan un poco mejor la reacción fisiológica en que me vi envuelto (dilatación de pupilas con aumento de la apertura parpebral y brillo del globo ocular incluido y puesta en marcha de las glándulas salivares entre otras cosas) cuando vi una mesa bien presentada y llena de comida: dos tipos diferentes de salchichas (unas pequeñas y finas, otras algo mayores y más gruesas), white y black pudding (la negra para mi que se trataba de la clásica morcilla salada, y la blanca debía de ser otra variedad de morcilla también), panceta y bacon, y a elegir entre huevos fritos o tortilla (que contenía trozos de tomate y chorizo). Acompañaban el plato tomates asados y tostadas con mantequilla. Y para poder bajar todo esto se disponía de zumo de naranja más té o café. Creo que si no añadieron las clásicas baked beans o champiñones fue por respeto a que en parte estoy mal hecho y mi cuerpo no los tolera.
Después de todo se puede entender que, a veces, los irlandeses se pegan una pequeña siestecita tras este desayuno dominical, y que en ocasiones y por desgracia, consigue suprimir el lunch y empatar con la cena directamente (para alivio de más de una madre que yo me sé, y detrimento de más de un hijo...). Aún así, creo que los domingos nos van a gustar...
Y ahora a descansar, que mañana empieza la vuelta al cole con todo lo que eso supone: madrugar, volver a los uniformes, maletas de carro, estrenar libros y libretas, lápices, gomas y afiladores, madres diciendo que te pongas bien la camisa y que te peines antes de salir, que no se te olvide la merienda ¡y no te vayas sin despedirte antes de tu madre!... Más o menos era así, ¿no?

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